MARZO QUE LLEVAMOS EN NUESTRAS MANOS

Un sencillo homenaje a Alexandra Kollontain*

Ândrea Francine Batista
Atiliana da Silva Vicente Brunetto

Marzo en su intensidad sigue palpitando en el rojo abril campesino e indígena, en el mayo de los trabajadores, en las fiestas de la cosecha, en el invierno que se acerca, en la primavera que llevamos «entre los dientes». Marzo vive en nosotros.

Marzo que vive en nosotras lleva la fuerza de las mujeres socialistas, la fuerza de la lucha por la emancipación humana que brota y reaparece obstinadamente de las ruinas, de los momentos más oscuros, de los rincones más peligrosos, de las tormentas más violentas, de los torbellinos que se estrellan, de la niebla que oscurece la visión del camino, de la cortadura que arde en la carne viva. Marzo que nos habita, late como un tambor marcando el ritmo de la vida en toda su humanidad aún por descubrir, por hacer.

Marzo que habita en nosotras la ofrecemos con nuestras manos para este tiempo, para los ojos que fueron vendados y no ven, pero sienten en la piel la solidaridad, para la catatonia intoxicada por el estruendo ensordecedor, para los fragmentos de nuestra clase que trabaja el pan de cada día y no se reconoce en sus pedazos esparcidos por el suelo, para los que ya no pueden soportar el peso de la opresión diaria sobre sus hombros, pero también para los que aún lo soportan.

Marzo que ofrecemos con nuestras manos, lleva de nuestro pecho las palabras, las miradas y el puño levantado en combate por las mujeres campesinas, indígenas, quilombolas y trabajadoras de la historia que han roto las diversas facetas de la resignación y la subalternidad para lanzarse a la osada hazaña de reinventar la vida humana. Lleva la fuerza y la energía de Anas, Olgas, Marias, Nadjas, Elenas, Inessas, Matildas, Cláudias, Veras y Alexandras, mujeres que inauguraron la experiencia socialista de la Revolución Rusa con su participación política en la construcción de una nueva colectividad social.

Alexandra Kollontain nació un 31 de marzo, hace 150 años (1872). Con su firmeza y rebeldía, entró con toda intensidad a la vida militante por la causa socialista. Trabajó como educadora voluntaria en las afueras de la capital rusa y escribió cuentos sobre y para la clase trabajadora. Organizó el ingreso de jóvenes revolucionarios al movimiento político, realizó misiones ocasionales como el transporte de documentos secretos, hasta que finalmente se incorporó al partido del movimiento socialista internacional. Allí conoció a Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo, Vera Zasulish, Krupskaia y a Lenin, críticos del ala revisionista, una tendencia del movimiento socialista internacional de finales del siglo XIX y principios del XX.

En enero de 1905, participó en una marcha pacífica de campesinos y obreros organizada en San Petersburgo contra el Imperio ruso, que respondió inmediatamente con un violento ataque provocando cientos de muertos y heridos. Ese día, llamado Domingo Sangriento, impulsó varias acciones que posteriormente desembocaron en la Revolución de Octubre. El levantamiento de 1905 es considerado un ensayo revolucionario.

En este contexto, Kollontain se unió a la tendencia bolchevique del Partido Socialista y trabajó con toda su energía en la organización de las mujeres trabajadoras, en la agitación de masas y en la propaganda de las ideas socialistas dentro del movimiento feminista.

Junto con Clara Zetkin y Rosa Luxemburg, trabajó incansablemente en la organización internacional de los trabajadores (II Internacional) y en la participación política de las mujeres en este espacio. Las Conferencias Internacionales de Mujeres Socialistas, que tuvieron lugar justo antes de los Congresos Internacionales, fueron muy fructíferas. En estos espacios se reunían y discutían los desafíos del feminismo socialista, señalando caminos y acciones a desarrollar. Podemos destacar aquí la aprobación de la lucha por el derecho al voto de la mujer en el seno de la Internacional Socialista, que tuvo lugar durante la I Conferencia (Stuttgart, 1907)[1], y que posteriormente fue defendida por Clara Zetkin y Alexandra Kollontain durante el VII Congreso de la Internacional Socialista (Stuttgart, 1907). Esta tesis fue deliberada junto con la aprobación del Día Internacional de los Trabajadores. También es fundamental recordar que la creación del Día Internacional de la Mujer, como medio de organización y difusión de las ideas socialistas entre las trabajadoras campesinas y obreras, se produjo durante la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas celebrada poco antes de la Octava Conferencia de la Internacional Socialista (en Copenhague, 1910).

Kollontain actuó directamente en la organización del Día Internacional de la Mujer en su país con la participación masiva de obreras y campesinas. Al principio, las fechas eran diferentes para cada país. Lo importante era organizar un momento de lucha, de conmemoración y de articulación internacional de la lucha de las mujeres socialistas, que en muchas situaciones iba acompañada de represión y encarcelamiento. Como resultado de este proceso, el 8 de marzo de 1917 (23 de febrero en el calendario ruso) surgió en Petrogrado una huelga espontánea de tejedoras y costureras que se manifestaron por el pan y la paz. Esta huelga se convirtió en el detonante del movimiento que condujo a la Revolución de Octubre. Fueron las mujeres de marzo las que levantaron la primera antorcha de la llama revolucionaria.

Kollontain fue, pues, una de las pioneras de la organización de las mujeres trabajadoras y del feminismo socialista. Orgánicamente actuó en este colectivo para la emancipación humana en conjunto con la emancipación política de las mujeres. La liberación de la mujer sólo podría darse en su plenitud con la liberación de la clase obrera de las ataduras del sistema capitalista.

A partir de 1917, la bolchevique actuó como Comisaria del Pueblo para el Bienestar Social, trazando acciones incisivas contra el analfabetismo y formulando leyes que llevaban el principio de la igualdad de género, como el caso de las resoluciones de divorcio, la creación de lavanderías y cocinas colectivas, y la creación de espacios para la educación de los niños para que las mujeres rusas pudieran experimentar la efervescente vida política del país.

Marzo que fermentaba en su seno la hacía sentir aún más incómoda con la experiencia cotidiana de la confrontación entre dos vertientes del proceso revolucionario: la urgencia de reconstruir la producción económica de la vida, y la urgencia de la liberación de la opresión femenina. Este aspecto se expresa con fuerza en su cuento «Las hermanas», y en sus escritos «El comunismo y la familia» (1920); «El trabajo femenino en el desarrollo de la economía» (1921), «La familia y el Estado socialista» (1921); «Autobiografía de una mujer comunista sexualmente emancipada» (1926).

La preocupación y la necesidad de encontrar métodos de trabajo para que un mayor número de mujeres trabajadoras se impliquen en las luchas de su tiempo histórico fue constante. Sus textos «Primera Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas» (1920) y «Los sindicatos y las trabajadoras» (1921) demuestran esta preocupación. Para avanzar en la participación de las mujeres en la organización política, era fundamental, además de la propaganda, su formación profesional y su educación para asumir las tareas del partido, avanzar también en la conciencia del conjunto de los trabajadores, combatiendo cualquier prejuicio contra las mujeres que aún quedara en las masas.

En el X Congreso del Partido Comunista Ruso de 1921, junto con Alexander Shyapnikov y otros compañeros, Kollontain advierte sobre los peligros de la degeneración burocrática que amenazaba al partido y al proceso revolucionario. Propuso el control obrero de las instituciones y de los procesos de producción basado en la autogestión: el programa de la «Oposición Obrera». Esto fue derrotado por la posición de Lenin durante el Congreso.

Tras la muerte de Lenin (1924), la Unión de Repúblicas Soviéticas asumió nuevas contradicciones que influirían en la vida militante de varios revolucionarios, entre ellos Alexandra Kollontain, que, en situación de «exilio», se convirtió en embajadora en Noruega y México. Por primera vez en la historia una mujer asumiría esta función. Su misión en Noruega se cumplió con éxito, contribuyendo a la normalización de las relaciones comerciales entre ambos países en 1925. Llegó a México como embajadora en 1926. Su barco pasó este año por el puerto de La Habana (Cuba), que no le permitió desembarcar debido a las conflictivas relaciones diplomáticas, pero un grupo de mujeres cubanas se dirigió a su barco y le rindió homenaje. Permaneció en México hasta 1927, y sólo regresó entre 1935 y 1936 como miembro de la delegación soviética de la Liga de Naciones. Durante este periodo conoció a Tina Modotti, con quien mantuvo una larga y duradera amistad. En 1937 volvió a pasar por México para recaudar fondos para los combatientes de la Guerra Civil española.

Kollontain no regresó a su país de origen hasta 1945, a la edad de 73 años, donde continuó su militancia y escribiendo sobre el proceso revolucionario. Murió en Moscú el 9 de marzo de 1952, al final del invierno ruso.

Marzo en el interior de Kollontain fue una muestra del amplio y masivo compromiso de las mujeres en la construcción revolucionaria. Marzo que vive en nosotras lleva su legado, su intensidad y su perspectiva de emancipación humana.

Marzo que ofrecemos en nuestras manos lleva un «mar de banderas furiosas contra el capital», lleva nuestro «Manifiesto de las Mujeres sin Tierra» que repudia las atrocidades de su proyecto político y económico para el campo. Denuncia la violencia contra las mujeres, ya sea doméstica o institucional, condena la persecución de los derechos laborales y se solidariza con los pueblos en lucha en Brasil y en todo el mundo, sumándose a la gran obra colectiva de la humanidad: la de construir una nueva forma de sociedad.

¡Sin feminismo, no hay socialismo!

Marzo de 2022


* Versión actualizada de la publicación realizada el 31 de marzo de 2020, en la página del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST – Brasil). Este año, este artículo será parte del libro Alexandra Kollontai 150, editado por Expressao Popular.
[1] La redacción de esta resolución fue escrita por Clara Zetkin, Rosa Luxemburgo e Alexandra Kollontain.