De Caracas a Teherán: Por qué estados unidos se embarcó en una guerra que contradice su propia estrategia

Gonzalo Armua

El 4 de diciembre de 2025, la administración Trump publicó la National Security Strategy más heterodoxa en la historia de Estados Unidos. Un documento que proclamaba un «Corolario Trump» a la Doctrina Monroe, elevaba al Hemisferio Occidental como prioridad absoluta, exigía a Europa que se hiciera cargo de su propia defensa, y reducía el compromiso militar estadounidense en Medio Oriente al mínimo imprescindible. Siete semanas después, el 23 de enero de 2026, la National Defense Strategy operacionalizó estas prioridades: defensa del territorio nacional expandido al hemisferio completo, disuasión de China en el Indo-Pacífico, reducción de cargas en teatros secundarios. Irán apenas merecía una mención marginal. La propia NSS presumía de los logros diplomáticos de Trump en la región, incluyendo un acuerdo de paz entre Israel e Irán.

Treinta y seis días después de la publicación de la NDS, Estados Unidos lanzó la Operación Epic Fury. La mayor operación militar estadounidense desde la invasión de Irak en 2003, con bombardeos coordinados sobre territorio iraní, eliminación del líder supremo Khamenei y desencadenamiento de una crisis energética global sin precedentes desde 1973.

La pregunta no es ¿por qué EEUU querría atacar Irán? —hay razones acumuladas durante décadas— sino «¿por qué ahora, en este momento preciso, cuando acababa de publicar una estrategia que decía exactamente lo contrario? La respuesta exige cruzar cinco planos de análisis. No son explicaciones diferentes sino niveles que convergen con pesos diferenciados.

La variable israelí: el atrapamiento por alianza

El factor de mayor peso explicativo es Israel. El propio secretario de Estado Marco Rubio reconoció que Estados Unidos se sumó a la guerra en parte para anticiparse a los efectos de un ataque que Israel ya tenía planificado. Esta admisión es decisiva: el timing de la guerra no lo definió Washington sino Tel Aviv. Trump no eligió el momento; reaccionó a una decisión ajena.

Lo que ocurrió responde a lo que la teoría de relaciones internacionales denomina «entrapment» —atrapamiento por alianza—: el socio menor arrastra al mayor a un conflicto que no estaba en sus planes porque el costo de no acompañar es percibido como superior al costo de ir a la guerra. Es el mismo mecanismo que en julio de 1914 permitió que Austria-Hungría arrastrara a Alemania a la Primera Guerra Mundial. Un aliado menor con un objetivo regional específico fuerza la mano de la potencia principal, que se ve obligada a escalar para no perder credibilidad ni la alianza misma.

Israel venía preparando el terreno durante años con una estrategia secuencial metódica: la destrucción de Hamas en Gaza a lo largo de 2024, el debilitamiento de Hezbolá en Líbano, la eliminación progresiva de la cúpula de la Guardia Revolucionaria iraní. Cada una de estas operaciones era un eslabón de una cadena cuyo objetivo final siempre fue Irán. Se trataba de desmantelar el «anillo de fuego» —los proxies iraníes que constituían la primera línea de disuasión de Teherán— antes de golpear el centro. Cuando Israel comunicó a Washington que iba a actuar, Estados Unidos enfrentó una disyuntiva: permitir que Israel actuara solo, con resultados militares inciertos y consecuencias imprevisibles sobre el Estrecho de Ormuz, las bases estadounidenses en el Golfo y la estabilidad regional; o sumarse para controlar la escalada, garantizar un resultado favorable y proteger sus activos en la zona. Eligió lo segundo, pero al hacerlo quedó atrapado en una guerra que no figuraba en su planificación estratégica declarada.

Aquí opera una asimetría estructural de la relación EEUU-Israel que trasciende a Trump y trasciende incluso a los partidos y es el peso del lobby pro-israelí en la política doméstica estadounidense, la dependencia del Partido Republicano del electorado sionista y evangélico- cristiano, la presencia de figuras como Rubio —formado en la tradición neoconservadora de «máxima presión» contra Irán— y la influencia de grandes donantes como Miriam Adelson y el complejo de think tanks neoconservadores hacen que la capacidad real de cualquier presidente de resistir la presión israelí sea extremadamente limitada.  No se trata de una decisión estratégica racional sino de una limitación estructural del sistema político estadounidense.

El genocidio en Gaza había ya demostrado esta dinámica. La comunidad internacional asistió a la violación sistemática del derecho internacional humanitario sin que ninguna institución del orden de posguerra funcionara como mecanismo de contención, porque el actor que violaba las normas contaba con la cobertura incondicional de la potencia que las había creado. Irán es la extensión de esa misma lógica.

Política doméstica: la condición habilitante

Si la presión israelí explica por qué la guerra ocurrió cuando ocurrió, la dinámica política doméstica explica por qué Trump dijo que sí en lugar de resistir. Este es el segundo factor en importancia.

La coalición trumpista incluye dos componentes en tensión irresuelta: la base populista-aislacionista —que interpreta «America First» como fin del intervencionismo militar— y el ala neoconservadora pro-Israel —heredera de la tradición Bush-Cheney, que ve en Irán una amenaza existencial que debe ser eliminada militarmente—. Durante la campaña de 2024 y el primer año de gobierno, el ala aislacionista parecía dominante: la retórica contra las «guerras eternas», la promesa de paz, la intervención quirúrgica en Venezuela como modelo de operación rápida y de bajo costo. Pero el ala neoconservadora controla posiciones clave, con Rubio en el Departamento de Estado, el complejo de donantes pro-Israel en el financiamiento de campañas, y la red de think tanks que alimenta la política de Medio Oriente. Habría que contemplar también el peso de los Epstein files y el impacto negativo en la figura del propio Trump como una variable más para entender las motivaciones de esta guerra.

Trump probablemente calculó que podía replicar el modelo venezolano con una operación espectacular, breve y decisiva que generara un efecto «rally round the flag» —el incremento de popularidad que todo presidente obtiene al inicio de una acción militar— y le diera impulso hacia las elecciones de medio término de noviembre. La Operación Absolute Resolve en Venezuela había durado horas y le generó un pico de aprobación. El problema es que Irán no es Venezuela. El país persa tiene capacidad de retaliación real, profundidad estratégica, un aparato militar de 600.000 efectivos, un programa de misiles balísticos probado, control sobre un chokepoint energético global y aliados dispuestos a actuar.

Lo que se proyectó como un golpe quirúrgico derivó en la mayor crisis energética en medio siglo.

«Limpiar el tablero»: la racionalización estratégica

Existe una racionalidad estratégica detrás de la decisión, pero opera más como justificación posterior que como causa. Es la lógica que probablemente articuló Elbridge Colby, principal arquitecto de la NDS 2026 y teórico de la disuasión por negación contra China.

El razonamiento es el siguiente: si el objetivo principal de EEUU es disuadir a China en el Indo-Pacífico y controlar el hemisferio, Irán representa un problema pendiente que consume recursos y atención. Un Irán nuclear —o en camino de serlo— obligaría a EEUU a mantener indefinidamente una presencia militar costosa en Medio Oriente, exactamente lo que la NDS busca reducir. Eliminar la amenaza iraní no contradice la priorización hemisférica, sino que la habilita al neutralizar una amenaza secundaria para poder concentrar fuerzas en la amenaza principal.

La propia NDS menciona el «problema de la simultaneidad»: el riesgo de que adversarios actúen coordinada u oportunistamente en múltiples teatros. Eliminar la capacidad iraní reduciría la probabilidad de un escenario en el que Washington tenga que pelear simultáneamente en Medio Oriente, el Indo-Pacífico y el hemisferio. Es la vieja lógica de «ganar rápido en un teatro para liberar fuerzas hacia el otro», que EEUU ha aplicado históricamente con resultados desiguales.

Sin embargo, esta lógica solo funciona con  una guerra rápida y decisiva. Si la operación se hubiera planificado como parte orgánica de la NDS, habría incluido meses de preparación logística, acuerdos previos con aliados del Golfo para mitigar el impacto energético, pre-posicionamiento de reservas estratégicas de petróleo y coordinación con Europa y Japón para absorber el shock. Nada de eso ocurrió. La velocidad del despliegue y la evidente falta de planificación para las consecuencias del cierre del Estrecho de Ormuz sugieren reacción, no diseño estratégico.

En lugar de liberar recursos para concentrarse en China y el hemisferio, la guerra los absorbe. El costo económico del shock petrolero, el desgaste político doméstico, la atención mediática y diplomática consumida por el conflicto, y la necesidad de mantener una presencia naval masiva en el Golfo para intentar reabrir el Estrecho producen exactamente lo contrario de lo que la NDS buscaba. Es el riesgo clásico de la sobreextensión imperial: el intento de resolver todos los problemas simultáneamente agrava cada uno de ellos.

Petróleo y control energético: el efecto colateral instrumentalizado

La variable energética es real pero opera de forma contradictoria, y su peso como causa de la decisión es menor de lo que aparenta. Por un lado, el cierre del Estrecho de Ormuz perjudica a EEUU: sube el precio de la gasolina, genera inflación, golpea al consumidor, complica la narrativa económica de cara a las elecciones de medio término de noviembre. Pero por otro, perjudica desproporcionadamente a los competidores: China depende críticamente del petróleo del Golfo —el 75% de las exportaciones de crudo que transitan por el Estrecho van a mercados asiáticos—, y Europa depende del GNL catarí para entre el 12 y el 14% de su suministro. Una interrupción prolongada golpea mucho más a Beijing y Bruselas que a Washington, que es exportador neto de energía desde la revolución del shale.

Hay además una dimensión de largo plazo ya que si EEUU logra neutralizar la capacidad iraní de amenazar el tránsito por el Golfo, el resultado sería un corredor energético más seguro pero bajo control militar estadounidense reforzado. Esto le daría a Washington una palanca sobre las economías que dependen de ese flujo y la capacidad de garantizar o interrumpir el suministro energético global es un instrumento de hegemonía de primera magnitud. En este sentido, la guerra no es solo un objetivo militar sino un mecanismo de disciplinamiento económico sobre aliados y rivales.

La conexión con Venezuela es directa. EEUU ya aseguró acceso al petróleo venezolano con la intervención de enero; si ahora neutraliza la capacidad iraní de amenazar el Golfo, controlaría las dos mayores reservas petroleras disputadas del planeta. Para un gobierno que piensa en términos transaccionales y extractivos, la lógica es coherente. Sin embargo, el argumento de que golpea más a China y Europa es válido a mediano plazo, pero nadie lanza una guerra para perjudicar a aliados que ya están en situación de dependencia garantizada. Es un efecto colateral que algunos halcones celebran y que se incorpora al relato justificatorio, no una causa.

La lógica de la imprevisibilidad como instrumento de poder

Hay una quinta lectura: la posibilidad de que la aparente incoherencia entre la estrategia declarada y la acción concreta no sea un error de cálculo sino un rasgo constitutivo del modo de operar del trumpismo.

El trumpismo no funciona con la coherencia estratégica de los planes de guerra clásicos. Funciona con una lógica de disrupción permanente en la que la imprevisibilidad es un activo. Si nadie puede anticipar qué va a hacer EEUU, todos se disciplinan preventivamente. Bombardear Caracas en enero, atacar Irán en febrero y lanzar el Escudo de las Américas en marzo envía el mensaje de que EEUU está dispuesto a usar la fuerza en cualquier parte, contra cualquiera, en cualquier momento. La coherencia no está en el plan sino en la demostración de voluntad y capacidad de agresión.

Así, la guerra contra Irán no contradice la prioridad hemisférica, sino que la refuerza por vía indirecta: los dieciséis presidentes que firmaron el Escudo de las Américas lo hicieron sabiendo que el país que les pedía sumisión acababa de bombardear Caracas y estaba bombardeando Teherán. No hace falta que el mensaje sea explícito; el despliegue de violencia en dos continentes en sesenta días es suficiente.

¿un imperio que no controla su propia agenda?

Si la guerra en Irán fue producto del atrapamiento por alianza más que de un cálculo estratégico racional, entonces la conclusión más importante no es sobre Irán sino sobre la naturaleza del poder estadounidense en su fase actual.

Un Estado que no puede definir autónomamente cuándo y dónde pelea no es un hegemón en pleno ejercicio, es un hegemón capturado. La potencia que redacta documentos estratégicos proclamando que el hemisferio es su prioridad y que Medio Oriente es teatro secundario, pero que treinta y seis días después se encuentra librando la mayor guerra en dos décadas en Medio Oriente porque un aliado de nueve millones de habitantes forzó su mano, ha perdido algo más que coherencia estratégica: ha perdido el control de su agenda.

Esto tiene consecuencias directas para América Latina. La previsibilidad estratégica de EEUU —que es lo que permite a los países calcular riesgos, negociar márgenes y diseñar políticas— ya no existe. Si Israel pudo arrastrar a EEUU a una guerra en Irán que contradecía su propia estrategia declarada, entonces cualquier actor con suficiente peso en la política doméstica estadounidense podría forzar una decisión equivalente en otro teatro. Los escenarios de escalada repentina en la región —un bombardeo en Colombia por supuesta conexión con narcotráfico, una intervención en Bolivia por litio, una presión militar sobre los pasos australes— no pueden descartarse, aunque no figuren en ningún plan declarado, precisamente porque la experiencia iraní demuestra que los planes declarados de EEUU no predicen sus acciones.

La guerra en Irán ha acelerado además el declive relativo que pretendía prevenir. China observa sin intervenir mientras su rival se desangra en otro pantano, absorbe las lecciones militares del conflicto, y consolida relaciones con los países del Golfo que necesitan diversificar sus alianzas de seguridad. Europa, golpeada por la crisis energética que le provocó su propio «aliado», se ve empujada —aunque sea retóricamente— hacia la autonomía estratégica. Los BRICS ganan espacio como alternativa para países que ya no confían en la estabilidad del orden liderado por Washington. El resultado paradójico es que la acción que se justificaba como preparación para la competencia con China ha fortalecido la posición de China sin que Beijing disparara un solo tiro. Es la paradoja del imperio en declive. Actúa en todas partes porque ya no puede controlar ninguna. Y en ausencia de previsibilidad, la única defensa posible para los países de la periferia es la autonomía, no depender de las decisiones de un hegemón que ha demostrado no poder predecir ni controlar sus propias acciones, un hegemón en declive, tal vez más peligroso que nunca.