Jorge Millones

A las tres de la tarde, bajo la lluvia que empapaba el Cusco, una bala de 9 milímetros partió el aire y entró de arriba abajo en el tórax de Remo Candia. No salió. Avanzó como un huésped maligno, destrozando tejidos, pulmones y la esperanza de muchos. En el largamente postergado hospital Antonio Lorena, los médicos hicieron lo que pudieron; pero durante casi cuatro horas de luchar por su vida, mientras la sangre se le derramaba por dentro, el dirigente cusqueño se fue apagando lentamente. Esa tarde del 11 de enero de 2023, el sur del Perú perdió a un hombre, hijo, padre, hermano y amigo. Así se fue el imprescindible dirigente de la comunidad campesina de Ccollana (Anta).
En el país de las perpetuas impunidades las balas son veloces y la justicia inmóvil. La PNP todavía no entrega la información balística; el hospital Lorena, fiel a su tradición de abandono, tampoco ha entregado el historial clínico completo de Remo Candia. La Fiscalía investiga a 27 policías por su muerte, pero los oficios se quedan sin respuesta, los videos se esfuman, las pruebas se demoran mientras la familia mastica rabia. Y como si fuera poco, algunos de esos oficiales, en lugar de rendir cuentas, han sido ascendidos.
En aquellos días el Perú era una olla a presión y nadie asumió el peso de sus palabras ni las terribles consecuencias. El asediado Pedro Castillo y su círculo de asesores no tuvieron conciencia que esas temblorosas frases frente a la cámara podían encender la mecha de un país herido. La traidora Dina Boluarte y el Congreso del pacto mafioso, queriendo consolidar su toma del poder a cualquier precio, no tuvieron escrúpulos en reprimir y matar usando a las fuerzas del orden como un ejército de ocupación contra su propio pueblo.
Mientras el estallido social se daba en todas las ciudades del Perú, el indomable sur, se desbordó de indignación. No faltaron los termocéfalos que siempre buscan protagonismo, ni quienes aprovecharon el pánico para saquear, pero también estuvieron, cómo no, los que se infiltraron como parte de un operativo mayor para desprestigiar la legitima protesta. Un tinglado siniestro, un oscuro mecanismo de relojería que contó con la participación de los medios, con algunos ministros que estaban más cerca de la Embajada norteamericana que del propio Castillo y con un Congreso que se frotaba las manos ante el apetitoso bocado político que el “profesor” les había puesto en bandeja. En fin, un operativo en toda regla, que mejor, no les pudo salir.
En Cusco, las comunidades campesinas se movilizaron hacia la ciudad. Entre ellas estaba la comunidad de Ccollana, y al frente de su delegación iba Remo Candia: organizando, orientando, recordando que la protesta debía sostenerse con calma y dignidad. Pero al llegar al distrito de San Sebastián, por la Av. La Cultura, los esperaba otro rostro del país: un grupo de “vecinos” uniformados con polos blancos montados en camionetas, escoltados por policías, que agitaban palos y consignas. Los llenaron de insultos: “¡Regresen a su chacra, indios resentidos!”, “¡Terroristas!”, “¡Comunistas de mierda!”.
Un par de días antes de que la bala atravesara a Remo, Cusco ya era un hervidero. Las carreteras estaban bloqueadas, el aeropuerto era un caos y los turistas se esfumaron, causando el malestar de operadores turísticos y negocios afines. Algunos sospechosos ataques hubo en las rejas del mall que circularon por redes generando ansiedad y zozobra en la población. El estallido estaba en marcha y la conflictividad en aumento.
Después del balazo que le partió el alma a Remo Candia, la ciudad entera se apretó, se hizo un nudo de coraje y ceniza. La Plaza Túpac Amaru, dejó de ser plaza y se volvió entraña, el campamento grande de las comunidades. Entre las mantas y carpas improvisadas, surgieron las “ollas comunes”, redes solidarias iban y venían organizando y llevando víveres. Ahí, en el corazón del Qosqo, se organizaban asambleas y sinfín de reuniones. Entre olor a hojas de coca y papitas hervidas, la solidaridad discurría libre. Frente a la Plaza, la policía miraba ásperamente las muestras del cariño ciudadano.
Por la noche, la explanada se transformaba en un dormitorio colectivo: los comuneros que habían venido de las provincias altas dormían bajo la lluvia, firmes en su determinación de seguir adelante hacia Lima. La plaza dejó de ser un espacio urbano; se convirtió en un santuario, un cuartel y un símbolo vivo de la lucha popular cusqueña. Fue un “tinkuy” de comuneros, estudiantes, colectivos, líderes sindicales y activistas con una fe que no pide permiso. Los centros de acopio se desbordaron: mantas, medicinas y el pan de la solidaridad que venía de todas direcciones, de barrios y provincias que, en la lucha, borraron todas las fronteras. Por la noche, la explanada se convertía en un dormitorio colectivo donde los niños de las provincias altas dormían a cielo abierto, sabiendo que su destino final era Lima.
Y cuando las caravanas, cargadas de ilusiones juveniles, enrumbaron a la costa, las familias los despedían como se despide de un hijo que se dirige al frente. El rito de la despedida era mudo y desgarrador: lágrimas cayendo sobre un futuro incierto, abrazos que parecían querer atar el alma al cuerpo para que no se fueran. Y marcharon con el recuerdo de los Cuatro Suyos del 2000, convencidos de que en Lima encontrarían el reflejo de una hermandad nacional. Lo que encontraron, en cambio, fue racismo y desprecio mediático. Los mismos que se quejaban de ellos por obstaculizar el tráfico, irónicamente, serían los mismos que después les pedirían que se movilicen contra el sicariato desenfrenado en la capital. El neoliberalismo puede presumir de un triunfo: engendrar a los «pobres de derecha», al que odia su propio reflejo, al que desprecia a su hermano andino y se cree el sonsonete de la meritocracia.
Días después las delegaciones cusqueñas regresaron a la plaza Túpac Amaru. El aire era triste. «Nos han declarado la guerra», se oyó decir a alguien, y la frase destrozó el espíritu de la mitad de la gente; «Marchar ya no sirve para nada». La desilusión cargaba todo el ambiente: la amarga certeza de que no eran ciudadanos con igualdad de derechos, sino súbditos de segunda clase en su propio país. Y fue entonces, en medio del desencanto, que volvió la idea separatista: «El sur debe ser un país aparte, lejos de Lima», lo mismo se decía en Arequipa, en Puno, en Juliaca. Se abrió una enorme grieta en el alma de la nación, tan profunda que ni siquiera el fútbol o la gastronomía han logrado cerrar.

Durante los días de protesta de diciembre de 2022 y principios de enero de 2023, la represión dejó un rastro de muertos y heridos en todo el país. El caso de Remo fue parte de esa necrótica estadística. El joven Rosalino Flores Valverde, herido ese mismo 11 de enero por impactos de perdigones en Cusco, falleció tras casi dos meses de agonía el 21 de marzo de 2023.
Informes independientes y de derechos humanos documentan que entre diciembre de 2022 y febrero de 2023 hubo decenas de muertos (las autopsias y los informes periciales han indicado heridas de bala en la mayoría de los casos) y cientos de heridos; organizaciones como Human Rights Watch y Amnistía Internacional registraron y denunciaron el uso letal de la fuerza y la existencia de investigaciones penales en curso sobre los hechos.
Casos como las masacres de Juliaca y Ayacucho concentraron muchas de las víctimas mortales —la operación en Juliaca dejó al menos 18 muertos en un solo día— y alimentaron la sospecha de una respuesta planificada y desproporcionada por parte de las fuerzas de seguridad. Las investigaciones formales continúan, pero las organizaciones de derechos humanos han señalado la posibilidad de responsabilidad penal de las autoridades al mando a través de la cadena de mando durante la represión.
El asesinato de Remo Candia fue la cruel metáfora de un país que no valora la vida, de una democracia reducida a coartada. Cayó como tantos otros líderes andinos que se atrevieron a reclamar justicia, devenido espejo del racismo que niega la ciudadanía al indígena, una herida abierta de un sur que ya no confía en Lima. Violencia calculada para romper la columna vertebral del movimiento popular, infundir miedo y sofocar la protesta.
Parafraseando a Manuel Scorza, repetimos otra “temporada de masacre”. Ojalá la historia no nos arrastre una vez más al infierno de la década de 1980, o a algo aún peor. Porque la guerra no comienza con una explosión repentina: se gesta en silencio, se alimenta de injusticias repetidas y de la impunidad eterna, hasta que ruge a nuestras espaldas y para entonces ya es demasiado tarde.
