Lenn Ketzal Guillen

La reciente marcha del Orgullo LGTBQ+ en Arequipa no fue una fiesta, fue un estallido de furia necesaria, donde al grito de «Sin derechos no hay orgullo», miles dejaron claro que sus existencias no son una concesión del sistema, sino un campo de batalla que no pretenden ceder.
En Arequipa, el fundamentalismo local pretende instalarse con el recientemente elegido diputado ultraconservador Aranda y han dejado de esconder su ponzoña, maledicencia y belicosidad esquizoide. Ya no son solo sermones; son actores políticos esperando la venia de un régimen que desprecia los derechos humanos para ejecutar una limpieza social, donde las disidencias sexuales junto a los luchadores sociales sureños son el primer blanco de exterminio, ellos por marrones resentidos y las otras por cabras enfermas pecadoras.
Para ellos, la diversidad es una patología que debe ser purgada y el fujimorismo, renovación medieval y sus aliados en los estamentos religiosos, han encontrado en el conservadurismo cuasi delirante de Arequipa, el socio perfecto para reinstaurar el miedo, pretendiendo devolver a las personas de la diversidad a la clandestinidad, convirtiendo sus vidas en crímenes y sus identidades en fantasmas.
Frente a ello, ya no basta con marchar y sacarse fotos, se requiere pasar a la ofensiva, construyendo niveles de blindaje jurídico, observatorios contra la discriminación y violencia estatal para identificar, mapear y exponer públicamente a cada funcionario que ejecute violencia o utilice el poder para leyes discriminatorias y, sobre todo, redes de autodefensa comunitaria que se activen en cada barrio de las ciudades.
La unidad no es un eslogan, es una táctica de guerra, si ellos tienen el poder del Estado, nosotres tenemos la fuerza de la verdad y la insumisión, porque somos millones.
Que el miedo cambie de bando, que tiemblen al ver que, lejos de desaparecer, estamos más organizades y rabioses que nunca.
La resistencia no se negocia, se ejerce.
¡Ni un paso atrás, nuestra lucha es nuestra vida!
